lunes, 17 de junio de 2013

LA VIDA ENTRE BASTIDORES





Hasta entrado el siglo XX ha sido imposible que las voces femeninas se afianzasen en el ámbito literario, y, sobre todo, que lograsen cierta solvencia, cierta libertad para desempeñar un oficio en el que se les había vedado la entrada debido a razones discriminatorias. Así pues, constituye un avance social y, al mismo tiempo, un inédito enfoque de la realidad, descubrir este enriquecedor espacio emotivo e intelectual. La mirada femenina, gracias a editoriales como Impedimenta, es rescatada de su inmerecido olvido, ofreciendo la opción de una lectura desnuda, al margen de modas, imposiciones del mercado editorial, del canon dictado por los académicos o el juicio de los críticos.
La hija del optimista de Eudora Welty, Premio Plulitzer, hermana con la tradición literaria del sur de Estados Unidos, en la que destacan Truman Capote, William Faulkner o Carson McCullers, pero que se bifurca por un vericueto diferente. Welty no recrea el ambiente sombrío de las clases desfavorecidas, de carencias infantiles o traza personajes con una extrema caracterización psicológica, rayana con el esperpento. Sencillamente, aunque sin su empaque, emparenta con Marcel Proust, al desenmascarar con rigor y naturalidad los vicios de la aristocracia sureña.
Narra un amargo periodo en la vida de Laurel McKelva, ilustradora de mediana edad y recientemente enviudada, que se ve obligada a regresar a la casa paterna, en Mount Salus, a orillas del Missisipi, para cuidar a su padre – el ilustre juez McKelva- en el hospital y velarlo tras su fallecimiento. Ahí se enfrentará con los recuerdos de su pasado, su infancia, las hipocresía de los vecinos y allegados, pero, por encima de todo, con su madrastra. El juez McKelva al enviudar se casó de segundas nupcias, frisando los setenta, con una mujer más joven e inexperta, Wanda Fay. Será durante el velorio donde de forma velada - a través de delicados diálogos- dejará entrever al lector el alcance de una situación, en apariencia natural, que, sin embargo, condensa una atmósfera emotiva estremecedora si se sabe leer entre líneas. La presencia de su orgullosa y arrogante madrastra hará brotar en Laurel el balsámico sopor de los recuerdos, y alzarse de valor para enfrentarse a ella y conseguir salvarse del desarraigo y la orfandad a la que se ve abocada.
Una cuajada sutileza de estilo permite atisbar los entresijos familiares sobre los derechos de los herederos para lograr sus fines y la falsedad de las convenciones de clase que tan sólo esconden un trasfondo de indiferencia, acuciados por intereses creados con la función de conservar el estatus social. Laura McKelva, fiel al espíritu de afectividad trasmitido por sus padres, a su innata sensibilidad artística, en un acto de rebeldía, se niega a aceptar que su infancia y los valores en los que fue educada se desmoronan. Al recorrer la casa, la biblioteca, la cocina, y la habitación de su infancia -reconvertida en cuarto de costura-, y revivir y respirar el aire hogareño del pasado, se reafirma en la certeza de que el amor, el obcecado optimismo que alentaba a su padre, pervive en su interior a pesar de que la muerte intenta arrebatárselo, tras una discusión sobre la propiedad de una simbólica tabla de cortar el pan, metáfora del rencor acumulado. La hija del optimista fue escrita para emocionarse. Para imaginar que lo puro aún es posible en un mundo donde se tasan al por mayor nuestros más íntimos afectos. Para ejercitar el corazón, esa víscera con la que amamos. Y aprender a amar. Un zarpazo contra la hipocresía, en defensa de la familia. Algo prohibitivo en la literatura.  

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