martes, 28 de junio de 2011

EL DEMIURGO DE LO COTIDIANO




   La poesía de Mark Strand (Isla de Príncipe Eduardo, 1934) es una refinación de lo cotidiano, una constante depuración de la realidad inmediata que acaba por mostrar el íntimo tuétano de nuestra existencia.  Strand magnifica el detalle insignificante, la sensación minúscula que pasa inadvertida al ojo común, y nos la devuelve para manifestarnos la grandeza de estar vivos. La originalidad de sus poemas no radica en la elección de los temas sino en el modo de enfocarlos. Desnuda ante nuestros ojos el prodigio de la vida, atrapando el instante y provocando una reacción transcendente, enérgica, como una droga, pero cuyos efectos benefician al organismo y al espíritu. Se debe de entrar en Tormenta Uno con mirada adánica, como quien contempla por primera vez la indeleble revelación del mundo. La verdad se da en flor ante las situaciones aparentemente más triviales. Strand apela, con constancia y delicadeza, a la inteligencia del lector para que se percate de ella, prodigando su aroma vivificador.
     Nunca se lamenta del curso del tiempo, sabe que el tiempo y la distancia son una pura entelequia, una norma establecida por el hombre. La muerte y la vida se estrechan la mano, en solidaria hermandad. Strand aspira a reflejarse en el espejo divino, al igual que Alicia, el personaje de Lewis Carrol, y mezclarse en su azogue y traspasarlo. Y así, al otro lado, en la oscuridad a la que alude el autor, se susurran a nuestro oído las palabras que avivan el conocimiento de lo incomprensible, del misterio, transfiguradas en el suave estrépito de una brizna de hierba cayendo en lo que el denomina “una hondura sin fin”. Una oscuridad percusora de la luz.                   
   Todos los poemas son excepcionales, en ellos deja entrever la impronta de otros poetas como Wallace Stevens, Robert Frost, e incluso la maestría de Walt Whitman, el gran percusor del verso libre y cantor de la mediocridad. El misticismo y la religiosidad que lo circundan provocan que se tambaleen los cimientos de la razón, ya que da un paso más allá de los conceptos del filósofo. Su elementalidad resulta perturbadora.  Alentador para el lector -si decide adentrarse en la lectura de este libro- resulta el poema La noche, el porche, en el cual Strand urde una auténtica poética, lanzando una consiga a quien con él decida caminar, encomendándole que se ignore y se funda con la naturaleza para lograr transformar su mirada y deslumbrarse ante la evidencia de lo clarividente. Lo consigue mediante el uso de un lenguaje coloquial, próximo al habla, evitando los excesos retóricos y las metáforas consabidas. En la sencillez habita la maravilla. Se trata de una poesía hacia el Ser y su Unicidad. Palabras que nos invitan a leer el libro de ahí fuera, porque “no tiene límite lo que podemos aprender”. Un juego conceptual cuya dificultad para descifrarlo estriba en nosotros mismos.

Tormenta de uno, poemas. Mark Strand. Visor Libros

lunes, 27 de junio de 2011

LAS DIATRIBAS DE LA HIJA DE ROBERT POSTE




   La hija de Robert Poste, ganadora del Prix Femina-Vie Heureuse en 1933 ha sido recuperada por la Editorial Impedimenta, que ofrece al lector actual un amplio catálogo de excelentes escritores del Siglo XX,  rescatándolos del caprichoso olvido. Incisivamente irónica, Gibbon satiriza hasta la náusea la sociedad victoriana de la Inglaterra de los años treinta. Con impertinente pluma traza la historia de Flora Poste, una muchacha que, tras la muerte de sus padres a causa de la Peste Española, aparentemente en buena posición social y económica, descubre que le queda una ridícula pensión para poder sobrevivir. Recurre a su amiga, la señora Smiling, liberal y de vida disoluta, para que la acoja en su casa mientras decide su futuro.  Tras enviarle varias cartas a sus familiares para tantear la posibilidad de irse a vivir con alguno ellos, se inclina por trasladarse a Cold Comfort Farm, una granja en el condado de Howling, con los agrestes y aldeanos Starkadder -que le revelan tener una misteriosa deuda del pasado con su padre-, en un rancio rincón de la profunda Inglaterra del sur.  Una vez instalada allí, Flora intentará solventar el destino de sus parientes, enfrentándose a su tía, la matriarca del clan, la sexagenaria Ada Doom, eje sobre el que giran las vidas de una esperpéntica galería de personajes cuyo devenir se ve enmarañado en un atávico lazo de sumisión hacia ella. A partir de aquí, ayudada con la lectura del libro El sentido común de índole superior, intentará dotar de sentido y plenitud la existencia de cada uno de los habitantes de Cold Comfort Farm, que desembocará en un final de cuento de hadas.
   El uso de una fina ironía es una de las razones por las cuales merece la pena sumergirse en la lectura de esta novela. Gibbons nos revela una gran maestría a la hora de caracterizar a los personajes, sus ambiciones y emociones, a cada cual más extravagante: Meriam, la sirvienta, que siempre que florece la parravirgen siente el deseo de la maternidad; Adam, un anciano que se desvive por el bienestar de sus vacas; Myburg, un escritor lascivo que sueña con acostarse con las jovencitas; Judith, entregada en cuerpo y alma a los cuidados de la matriarca; Seth, que encarna el ímpetu sexual, y gran aficionado al cine; Reuben, que sueña con explotar adecuadamente la granja; Amos, que predica las sagradas escrituras con indómita furia… Todo aderezado con la adecuada ambientación y puesta en escena de situaciones hilarantes que provocan una sonrisa cómplice en labios del lector.
   Las descripciones y escenas resultan soberbias, Gibbons las recrea de un modo mágico y sencillo, que facilita su evocación. A su vez, parodia la retórica enviciada de las novelas victorianas en boga durante la época, que el traductor se encarga de señalar mediante tres asteriscos para que quede de manifiesto su irónica intención. Asimismo, con juegos de palabras, sobre todo en lo relacionado con los nombres de los protagonistas y topónimos que se escapan al lector en español, pero que se solventan con notas a pie de página. Notas que no dificultan la lectura sino que la enriquecen.
  Resulta una lectura ágil y divertida, que seguramente agradará a quien pretenda huir por unas horas de la rutina diaria.  Le va a la zaga a las novelas de Truman Capote, como Otras Voces, Otros ámbitos. O a la misma Irène Némirovsky, de David Golder. Una lectura conmovedora, que nos hace condescendientes con el género humano, dejando la puerta entornada a la libertad,  a la esperanza y el amor. Cruel y balsámica al mismo tiempo, como un cuento infantil.  


 La hija de Robert Poste. Stella Gibbons. Impedimenta. 2010